Eksamen: PSP5830 | Semester: Høst 2024 | Varighet: 5 timer
Vekting: Lesing ca. 25 % | Skriving ca. 75 %
Estimados señores:
Me dirijo a ustedes para expresar mi profunda insatisfacción con el servicio recibido en el vuelo IB3421 del pasado 15 de noviembre, con destino Madrid-Oslo.
En primer lugar, el vuelo sufrió un retraso de cuatro horas sin que se nos proporcionara información adecuada ni compensación alguna. Además, mi equipaje facturado llegó con daños evidentes que no existían en el momento de la entrega.
De conformidad con el Reglamento europeo 261/2004, solicito una compensación económica por el retraso, así como la reparación o sustitución de mi maleta dañada.
Adjunto fotografías del equipaje y la tarjeta de embarque como documentación.
Quedo a la espera de su pronta respuesta.
Atentamente,
Kari Svendsen
El movimiento feminista ha experimentado un resurgimiento extraordinario en el mundo hispanohablante durante la última década. Desde las manifestaciones multitudinarias del 8-M en España hasta el movimiento «Ni una menos» en Argentina, las mujeres hispanohablantes han colocado la igualdad de género en el centro del debate público.
Como indica el texto 1, este activismo ha generado cambios legislativos concretos: España aprobó la Ley de Libertad Sexual, Argentina legalizó el aborto y Chile reformó su constitución con perspectiva de género. Estos avances demuestran que la movilización social puede traducirse en transformaciones institucionales.
Sin embargo, como advierte el texto 2, persisten obstáculos estructurales significativos. La violencia machista sigue cobrándose vidas, la brecha salarial se mantiene y la representación femenina en puestos de poder continúa siendo insuficiente. Además, el feminismo latinoamericano enfrenta el desafío de integrar las voces de las mujeres indígenas, afrodescendientes y rurales, cuyas experiencias difieren sustancialmente de las del feminismo urbano y académico.
En síntesis, si bien los avances son innegables, el camino hacia la igualdad real exige un feminismo interseccional que reconozca la diversidad de experiencias dentro del mundo hispanohablante.
¿Están los jóvenes desencantados con la democracia? Los datos parecen confirmarlo: según el Latinobarómetro, la satisfacción de los jóvenes latinoamericanos con la democracia ha caído al nivel más bajo en dos décadas. Sin embargo, reducir esta realidad a «apatía juvenil» sería un análisis superficial e injusto.
Lo que muchos jóvenes rechazan no es la democracia como ideal, sino su funcionamiento real: la corrupción sistémica, la captura institucional por élites económicas y la incapacidad de los partidos tradicionales para responder a problemas urgentes como el cambio climático o la precariedad laboral.
Este desencanto, lejos de traducirse en pasividad, ha generado nuevas formas de participación política. Las protestas estudiantiles en Chile (2019), el estallido social en Colombia (2021) y el movimiento del 15-M en España demuestran que los jóvenes hispanohablantes están profundamente comprometidos con la transformación social, aunque prefieran canales no convencionales.
Las redes sociales han desempeñado un papel ambivalente en este proceso. Por un lado, han democratizado el acceso a la información y facilitado la organización colectiva. Por otro, han contribuido a la polarización política y a la difusión de desinformación, debilitando el debate democrático.
Si tuviéramos que identificar el mayor desafío democrático del siglo XXI, probablemente sería este: ¿cómo construir instituciones suficientemente flexibles para integrar las demandas de una ciudadanía cada vez más informada, diversa y exigente?
La respuesta, creo, pasa por escuchar más y sermoneear menos. Los jóvenes no necesitan que les enseñen a valorar la democracia; necesitan una democracia que merezca ser valorada.
Soy una maleta. No una maleta cualquiera: soy una maleta con historia. Mi primera dueña me compró en un mercado de Buenos Aires en 1962, el mismo año en que decidió que Argentina ya no le cabía en el cuerpo.
Ella me llenó de todo lo que pudo: tres vestidos, una foto de su madre, un ejemplar gastado de «Rayuela» y un puñado de tierra del jardín de su infancia. Lo que no pudo meter fueron los olores –el asado de los domingos, el jazmín del patio–, ni los sonidos –la voz de su padre cantando tangos por las noches.
Desde entonces, he cruzado el Atlántico catorce veces. He pasado por manos de hijos, nietos y bisnietos, cada uno de los cuales me ha llenado con objetos diferentes pero con la misma melancolía. Porque eso es lo que realmente transporto: no ropa ni recuerdos, sino la distancia entre lo que fuimos y lo que somos.
Ahora estoy en un desván de Oslo, cubierta de polvo y olvido. Pero dentro de mí, entre los forros desgastados, todavía queda un grano de tierra argentina. Pequeño, insignificante para cualquiera. Para mí, un continente entero.
Dicen que las maletas no tienen alma. Se equivocan. Tenemos todas las almas que alguna vez nos confiaron sus secretos.